A mi madre, Antonietta

A mi madre, Antonietta

Parece que en una página de trasfondo profesional no hay lugar para recuerdos familiares, pero yo soy producto de unas circunstancias personales, históricas y culturales que me han definido como persona y como profesional, que han marcado vida y mi trayectoria.
Mi madre se llama Antonietta, tiene 95 años y una estupenda cabeza.
Y a ella tengo que agradecerle algunas cosas determinantes en mi historia:
Primera, que me haya traído al mundo, como si eso fuera fácil.
Segunda, que como buena y cabezota italiana, se empeñara en que mi formación, en aquellos lejanos sesentas, estuviera marcada por un tinte humanístico que en España en aquellos momentos solo ofrecían los colegios extranjeros. En mi caso fue el Liceo Italiano de Madrid, salpicado con largas y divertidas estancias en Inglaterra.
Tercera, su pasión por la lectura, que me inculcó, de niño, como una gustosa obligación. Esos Salgari o Verne, mis primeras lecturas recordadas, o Chesterton y su irónico, sarcástico y profundo padre Brown, que siguen frescos en mi memoria.
Y sobre todo, el gusto por el buen hacer en todas las facetas de mi vida. El apreciar que las cosas bien hechas, por el mero hecho de hacerlas bien, ya tienen un valor intrínseco. Eso es algo que no puedo dejar de agradecerle: desde el placer de la comida al disfrute de la belleza de una foto, desde una buena sobremesa a la comodidad que dan de esos zapatos bien hechos que te acompañan años de tu vida. Un punto hedonista, sin duda. Pero como me gusta.
Vayan estas líneas en su homenaje y que viva muchos años.

 

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